Selva Almada publica Una casa sola (Random House), una novela que vuelve tangible el silencio de las tierras rurales y coloca en primer plano problemas que siguen vigentes: desapariciones, desigualdad en el campo y la pervivencia de saberes populares. Escrita como una partitura sensorial, la obra plantea por qué esas ausencias y la recuperación del territorio importan hoy, en un momento de revalorización de las voces provinciales y de debate público sobre memoria y género.
Durante la presentación en la librería Finestres de Barcelona, Almada habló sobre la intención narrativa de su libro: construir una historia que se pueda leer en voz alta, en la que la propia casa actúa como narradora y el monte funciona como una especie de coro donde convergen voces de distintas épocas. Ese recurso confiere a la novela un pulso sonoro —aves, refranes, adivinanzas y pequeños cánticos— que articula la vida social y las memorias del paisaje.
La trama arranca con la desaparición de una familia de peones y recorre casi un siglo: desde escenas vinculadas a la violencia de fines del XIX hasta el presente noventista en que la casa queda sola. A lo largo de ese arco temporal la vivienda no solo envejece, sino que se transforma: pasa de ser materia ensamblada con madera y pasto a convertirse en hogar desde la llegada de Lucero y su familia. Cuando la familia desaparece, el monte poco a poco reclama el terreno que le fue arrebatado.
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Almada incorpora registros orales y recursos de la tradición gauchesca para construir el lenguaje de esos personajes rurales. Parte de esa investigación incluyó la consulta de compilaciones antiguas de adivinanzas —colecciones que, según la escritora, muestran que esos juegos eran entretenimiento habitual entre adultos en épocas pasadas— y la adopción de giros que suenan a memoria comunitaria.
Los conflictos sociopolíticos atraviesan la novela: la tensión entre peones y patrones, el poder económico que se traduce en impunidad institucional y la desvalorización de la vida de la gente trabajadora en el campo. Esa desigualdad explica, en la ficción, la falta de interés oficial por esclarecer lo ocurrido con la familia y alimenta las hipótesis y rumores que el tiempo hace proliferar.
En el relato también aparecen figuras que conectan lo cotidiano con lo ancestral. La curandera —personaje que Almada rescata de la imaginería popular— encarna saberes sobre plantas, partería y prácticas que la modernidad relegó pero que siguen presentes fuera de los centros urbanos. La autora recuerda su propia infancia donde pediatra y curandero convivían como alternativas complementarias; hoy, en el contexto argentino reciente, ese rol volvió a cobrar relevancia tras cambios legales como la reciente regulación del aborto, que puso en primer plano prácticas históricas de cuidado y asistencia.
Un elemento simple y potente en la novela es la presencia animal: perros y gallinas funcionan como hilos narrativos y símbolos de lealtad, espera y transición entre mundos. La perra que Lucero trae a la casa se erige como puente entre lo visible y lo que permanece en el monte.
Estos son los ejes principales de Una casa sola:
- Ambientación: campo argentino, entre el siglo XIX y finales del XX; paisaje que se recupera tras el abandono.
- Dispositivo narrativo: la casa como narradora y un coro de voces espectrales que devienen en memoria oral.
- Temas: desaparición, desigualdad rural, memoria, soberanía del territorio y revalorización de saberes populares.
- Recursos estilísticos: prosa musical, uso de refranes, adivinanzas y registros de la literatura gauchesca.
- Personajes clave: Lucero (constructor de hogar), la curandera (enlace con lo ancestral) y la perra (conector entre mundos).
El tono de la novela, pese a las ausencias y la dureza social que describe, deriva finalmente hacia una nota inesperadamente esperanzadora: la naturaleza recupera su lugar y la casa, deshabitada, termina reintegrándose al monte. Para Almada, esa restauración es una forma de optimismo literario y una reivindicación del paisaje como sujeto activo de la historia.
Desde la óptica editorial y cultural, la obra reafirma dos tendencias visibles en la literatura latinoamericana contemporánea: la emergencia de autoras que narran lo rural y la insistencia en la mezcla de lo real con lo sobrenatural o lo ancestral. Además, coloca en primer plano asuntos concretos para el debate público —la precariedad de los trabajadores rurales, la impunidad de los sectores poderosos y la persistencia de saberes populares— que siguen teniendo repercusiones sociales.
En suma, Una casa sola ofrece una lectura sensorial y comprometida con el mundo que retrata: una novela que, además de contar una desaparición, interroga quién ocupa la tierra, qué historias se recuerdan y cuáles se silencian. Esa pregunta, hoy, sigue resonando en muchas partes de la región.












