La actividad física ya no es solo una recomendación general: expertos la sitúan como una herramienta clave en la prevención y el manejo del cáncer. La doctora Soraya Casla, especializada en Ciencias de la Actividad Física aplicada a oncología, explicó en el podcast Real Fooding por qué la evidencia reciente sitúa el ejercicio en el centro de la estrategia contra la enfermedad.
Casla resume el argumento en tres fundamentos básicos que conectan el movimiento con menor riesgo y mejor tolerancia al tratamiento: defensa inmunitaria más eficaz, metabolismo celular sano y control del tejido graso, factores que hoy se asocian directamente con resultados clínicos.
Según la investigadora, la literatura científica acumulada en los últimos años ha permitido definir con mayor claridad cómo el ejercicio interviene en procesos biológicos relevantes para la formación y eliminación de células tumorales. No se trata solo de prevenir, sino también de mejorar la calidad de vida durante la enfermedad.
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- Sistema inmune: el ejercicio potencia la vigilancia inmunitaria, lo que facilita que el organismo identifique y elimine células anómalas antes de que prosperen.
- Mitocondrias y metabolismo: mantener en buen estado las “centrales energéticas” celulares contribuye a la eliminación de células con funciones aberrantes.
- Grasa corporal e inflamación: reducir y controlar el tejido adiposo disminuye procesos inflamatorios vinculados al riesgo oncológico; en mujeres mayores, la pérdida de grasa puede reducir el riesgo de cáncer, especialmente de mama, hasta en la mitad.
Además de la prevención, la doctora Casla enfatiza el valor terapéutico del movimiento durante el curso de la enfermedad. Lejos de recomendaciones antiguas que promovían el reposo absoluto, la evidencia actual indica que mantener actividad física moderada reduce la fatiga, preserva la masa muscular y mejora la respuesta a los tratamientos.
La relación entre músculo y tratamiento es doble: una mejor composición corporal ayuda a tolerar quimioterapias y radioterapias, y un metabolismo más equilibrado se asocia con menos inflamación sistémica y una respuesta inmune más eficaz.
En la práctica clínica esto significa que los profesionales están cada vez más inclinados a integrar programas de ejercicio individualizados como parte del cuidado oncológico. No es una solución única ni universal: intensidad, tipo y frecuencia deben ajustarse a la situación de cada paciente, sus capacidades y el momento del tratamiento.
Las implicaciones para el público son claras y urgentes: incorporar actividad física regular no solo aporta beneficios generales de salud, sino que hoy cuenta con respaldo científico específico contra el cáncer. Para quienes ya enfrentan la enfermedad, la actividad adecuada puede traducirse en menos efectos secundarios y mayor bienestar.
En resumen, y según los argumentos expuestos por Casla en Real Fooding, el papel del ejercicio en oncología descansa en tres pilares interconectados —sistema inmune, mitocondrias y grasa corporal— y ha pasado de ser una recomendación general a una intervención con impacto clínico comprobado.
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