Mostrar resumen Ocultar resumen
En los últimos años Cuba ha visto multiplicarse los cortes de energía, la falta de productos básicos y una sensación de abandono que ya marca el día a día de millones. Ese deterioro ha puesto en primer plano un debate vigente: ¿puede sostenerse una economía centrada en el turismo cuando la alimentación, la energía y los servicios colapsan?
Para muchos residentes, la respuesta es tajante. La estrategia que privilegió hoteles y zonas turísticas dejó en segundo plano sectores esenciales, y las consecuencias se traducen en largas jornadas sin luz, falencias en la producción alimentaria y una mayor vulnerabilidad social.
La apuesta por el turismo y sus costos
Cádiz: hombre provoca polémica al criticar a bañistas por quedarse sentados
Terapias CAR-T: producción industrial que cambia el futuro de pacientes con cáncer
Durante décadas, las autoridades impulsaron al turismo como vía para captar divisas y sostener la economía. La llegada de visitantes aportó ingresos, pero también concentró inversiones en infraestructuras que, según críticos y vecinos, no siempre se tradujeron en mejoras para la población local.
La pandemia interrumpió ese flujo de visitantes y dejó al descubierto la fragilidad de un modelo económico dependiente de viajeros extranjeros. La caída del turismo no solo redujo ingresos; puso en evidencia el descuido de otros sectores que sostienen la vida cotidiana.
«Se levantaron proyectos para el turista mientras se desatendían campos y redes energéticas», dice Carlos, activista de 25 años en La Habana. «Ahora tenemos instalaciones concebidas para el visitante y comunidades con menos recursos para cubrir lo básico», añade.
Cómo afecta esto a la vida diaria
La combinación de escasez y cortes eléctricos tiene efectos directos y acumulativos sobre la población. Familias que antes confiaban en pequeños cultivos locales hoy dependen en mayor medida de importaciones; la inestabilidad energética complica la conservación de alimentos; y el acceso a servicios básicos se vuelve más incierto.
- Agricultura debilitada: menor producción interna y dependencia de compras externas.
- Apagones recurrentes: interrupciones prolongadas que afectan hogares, hospitales y pequeñas empresas.
- Presión económica: caída de ingresos y aumento de la informalidad laboral.
- Tensiones sociales: mayor frustración y sensación de urgencia entre sectores jóvenes y urbanos.
Estos problemas no son únicamente números macroeconómicos: repercuten en las horas de trabajo, en la capacidad de poner comida sobre la mesa y en la posibilidad real de planear el futuro.
Una sociedad que ya no oculta su agotamiento
Carlos observa un cambio de actitud en la ciudadanía. «Hay menos miedo a hablar, más disposición a cuestionar», dice, y añade que la precariedad cotidiana ha dejado de ser una excepción para convertirse en norma en muchas familias.
La sensación de «estar al límite» permea conversaciones en barrios, plazas y redes sociales. Para amplios sectores, la discusión económica se entrelaza con la necesidad urgente de soluciones sociales: energía estable, producción alimentaria y servicios de salud garantizados.
¿Transición a la vista?
Entre quienes opinan sobre el rumbo del país existe la percepción de que se aproxima un momento de cambio, aunque sus contornos son inciertos. Carlos advierte que esa posible transición está sometida a múltiples fuerzas que intentan condicionar su forma y resultados.
Al mismo tiempo, resalta una paradoja: a pesar del endurecimiento de mecanismos de control en ciertos ámbitos, hay indicios de que el miedo social ha disminuido respecto a años anteriores, lo que abre espacios para expresiones más visibles de descontento.
«No es solo una cuestión de estadísticas», señala Carlos. «Son personas que intentan sobrevivir cada día; la política y la economía se viven en la vida cotidiana».
En el corto plazo, la clave estará en si las autoridades y la sociedad pueden reequilibrar prioridades: reforzar la energía, recuperar la capacidad productiva local y generar condiciones para que la recuperación del turismo no sea a costa del bienestar básico de la población. Sin medidas concretas, la combinación de escasez energética, fragilidad alimentaria y desgaste social seguirá determinando el presente inmediato de la isla.











