Eduardo Ruiz Sosa: en situación de desamparo tras perder su vivienda

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Eduardo Ruiz Sosa llegó a España hace ocho años sin permisos y, durante ese tiempo, vivió en una suerte de intermedio: presente en Barcelona pero imposibilitado de regresar a México. Su nueva novela, El paisaje es un grito (Candaya), nace de esa condición de desplazamiento —y, cabe añadir, Ruiz Sosa recibió la regularización administrativa meses después de cerrar el manuscrito—, un dato que da a su obra una resonancia inmediata frente a las crisis migratorias actuales.

Una vida en espera

Lo que el autor vivió en esos años de irregularidad permeó tanto su biografía como su producción literaria. Antes de salir de México había escrito el libro de cuentos La voluntad de marcharse, algunas novelas que no llegaron a publicarse y diversos textos que luego cristalizaron en Anatomía de la memoria y El libro de nuestras ausencias. Personajes y motivos antiguos reaparecen —uno de ellos, el Tuerto Adán, tiene su origen en un primer esfuerzo descartado durante un taller con Élmer Mendoza—, mostrando una continuidad temática a lo largo de dos décadas.

Manos leyendo en una biblioteca que sugieren aprendizaje y espera
Bibliotecas públicas como refugio y punto de fuga durante años de irregularidad.

La distancia cambió su mirada sobre su ciudad natal, Culiacán. Desde el extranjero, Ruiz Sosa dice haber recuperado ángulos que cuando estaba allá le eran inaccesibles. También reivindica el papel de las bibliotecas públicas y las librerías de Barcelona en su formación: el acceso a lecturas nuevas abrió rutas creativas que se convirtieron en “puntos de fuga” para su escritura.

Recepción y participación

Aunque no se integra en los circuitos literarios al uso —evita el llamado «mitote»—, mantiene redes con autores de su generación y colabora en espacios comunitarios: clubes de lectura, talleres, edición y el festival KmAmèrica en Barcelona. Dice que le interesa más la vida cultural conectada con lectoras y lectores que la dinámica de los salones editoriales.

Grupo de lectura en círculo compartiendo libros
Clubes de lectura y espacios comunitarios donde conecta con lectores.

Los ecos de sus libros llegan desde México y buena parte de América Latina. Recuerda con emoción un club de lectura en Culiacán donde El libro de nuestras ausencias se leyó como un mapa compartido de pérdidas y rabia: una experiencia que, según él, fue menos un eco que “un grito”. Ahora espera los primeros comentarios sobre El paisaje es un grito con curiosidad.

  • Desarraigo: la novela explora el retorno cuando el lugar de origen ya fue transformado.
  • Memoria: recuerdos colectivos e individuales que estructuran la narración.
  • Violencia: aparece en formas diversas, desde la violencia laboral en maquilas hasta la ecológica vinculada a minería.
  • Comunidad: el grupo como supervivencia frente al aislamiento y la locura.
  • Homenajes formales: cada capítulo parte de la poética de distintos autores —Fernando del Paso, Sara Gallardo, Enrique Vila-Matas—; el capítulo inspirado en Bolaño retoma aspectos estructurales de Nocturno de Chile.

Influjos y diferencias

Las comparaciones con Roberto Bolaño le resultan halagadoras pero limitadas. Reconoce la afinidad en la fascinación por personajes creadores y por cierta mirada política, pero puntualiza que sus búsquedas formales y discursivas emprenden caminos propios. En El paisaje es un grito hay, explícitamente, capítulos que dialogan con la poética de otros escritores, como una manera de experimentar con estructuras diversas.

Ruiz Sosa también plantea que su novela debe mucho a la poesía y a la filosofía: no concibe la narrativa como un territorio estanco. Le interesa un lenguaje que nazca para nombrar mundos fracturados por el crimen, la migración o la precariedad; un lenguaje que se obliga a sí mismo a recomponer lo que la violencia ha deshecho.

Violencia, nombres y fronteras

En la novela, los pueblos de la sierra y la costa sinaloenses aparecen rebautizados con nombres europeos —Belfast, Luxemburgo, Dublín, París— para sugerir una idea precisa: la violencia no es patrimonio de una región determinada. Esa operación narrativa busca desmontar la falsa dicotomía entre “primer mundo” y “tercer mundo” y recordar que distintas formas de violencia atraviesan cualquier territorio.

Sobre las fronteras, Ruiz Sosa sostiene que no solo afectan a quienes migran: son dispositivos que organizan la explotación y que separan a la población en jerarquías económicas. “Las fronteras son un invento del dinero”, afirma, y subraya la paradoja de un sistema donde es más sencillo mover mercancías que seres humanos.

En su opinión, la migración solo la conocen en profundidad quienes la han vivido; sin embargo, sus efectos son colectivos: transforman los lugares, las relaciones y las economías locales. Esa transformación está en el corazón temático de su novela reciente.

Para cerrar, el autor reivindica la comunidad como refugio frente a la soledad. En El paisaje es un grito los que regresan al origen sobreviven por el lazo entre ellos; los que se aíslan, en cambio, sucumben a la locura. Esa apuesta por lo colectivo, por la experiencia compartida, es también la razón por la que escribe.

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