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En los últimos años la ciencia ha repetido una idea que antes era solo hipotética: mantener actividad física regular reduce riesgos asociados al cáncer y mejora la respuesta de los pacientes durante el tratamiento. La investigadora y especialista en actividad física aplicada a oncología, la doctora Soraya Casla, resume ese avance en tres efectos clave que explican por qué moverse importa hoy más que nunca.
Los tres ejes que respaldan la relación entre ejercicio y prevención
Casla identifica tres mecanismos con respaldo científico que conectan la actividad física con menor probabilidad de desarrollar tumores y con mejores resultados en caso de enfermedad:
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- Sistema inmune: la actividad regular refuerza las defensas corporales encargadas de identificar y eliminar células dañadas antes de que se conviertan en tumores.
- Metabolismo y mitocondrias: el ejercicio favorece el funcionamiento celular y la eliminación de células con fallo energético, lo que reduce procesos que pueden derivar en cáncer.
- Composición corporal: mantener niveles saludables de grasa corporal modula la inflamación; menos tejido adiposo implica menor señal inflamatoria relacionada con varios tipos de cáncer.
Estos tres frentes actúan de forma complementaria: no se trata solo de quemar calorías, sino de preservar la eficacia del sistema inmunitario, el buen rendimiento de las mitocondrias y una grasa corporal en rangos que no favorezcan la inflamación crónica.
Un dato de relevancia clínica que aporta Casla: la reducción de tejido adiposo puede traducirse en una disminución notable del riesgo, especialmente en mujeres de mayor edad —en algunos estudios la reducción de grasa se asocia con una caída de hasta el 50% en el riesgo de cáncer de mama—. Ese hallazgo subraya por qué el control del peso no es solo estético, sino una estrategia preventiva.
Actividad durante el diagnóstico y el tratamiento
Frente a la antigua recomendación de guardar reposo absoluto, la evidencia actual no respalda la inactividad total. Según la especialista, los pacientes oncológicos que mantienen movimiento presentan menos fatiga, conservan mejor la masa muscular y suelen tolerar con menos efectos secundarios las terapias médicas.
Preservar la masa muscular tiene implicaciones prácticas: facilita la metabolización de fármacos, reduce la fragilidad y contribuye a una recuperación más rápida tras intervenciones. El ejercicio, por tanto, actúa como un apoyo al tratamiento médico, no como un sustituto.
Qué implicaciones tiene esto para el público
La traducción práctica de estos hallazgos es sencilla pero exige matices: incorporar actividad física de forma regular puede reducir riesgos y mejorar la experiencia durante la enfermedad, pero la intensidad y el tipo de ejercicio deben adaptarse a la edad, al estado de salud y al plan terapéutico de cada persona.
- Prevención: actividad moderada y sostenida contribuye a reducir el riesgo de varios cánceres.
- Durante el tratamiento: el movimiento supervisado ayuda a disminuir la fatiga y a proteger la masa muscular.
- Para la recuperación: ejercicios dirigidos pueden mejorar la calidad de vida y la funcionalidad tras la terapia.
No es recomendable iniciar programas intensos sin evaluación previa. La recomendación clínica es personalizar la práctica, idealmente con profesionales formados en oncología y ejercicio físico.
En resumen, la evidencia reciente —y la opinión de especialistas como Casla— sitúa al ejercicio físico como una pieza clave tanto en la prevención como en el acompañamiento de pacientes con cáncer. Los estudios de los últimos años han reforzado ese mensaje: moverse de forma segura y adaptada es una herramienta con impacto real en salud pública y en la vida de quienes enfrentan la enfermedad.
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