Víctimas exigen visibilidad y rendición de cuentas en la cobertura, advierte Darko Cvijetić

Mostrar resumen Ocultar resumen

El rascacielos rojo, la nueva novela documental del actor, poeta y escritor Darko Cvijetić, recupera la historia íntima de un bloque de viviendas construido en 1975 en la antigua Yugoslavia y lo convierte en un espejo para leer rupturas políticas, violencia y heridas familiares. El libro, publicado por Báltica ediciones, plantea hoy preguntas urgentes sobre memoria, identidad y cómo se transmiten los traumas de una generación a otra.

El edificio al que regresa Cvijetić no es un simple escenario: albergó a familias de mineros, entre ellas la suya, y pasó a ser, según el autor, un testigo que guarda voces, ausencias y pequeñas escenas cotidianas que, juntas, narran una historia más amplia.

Un testigo que acumula vida

Construido en la década del 70, el bloque fue habitado por trabajadores y por la familia del autor. Más que su diseño, lo que interesa en la novela es el volumen de historias que encierra: conversaciones interrumpidas, ritos domésticos, miedos que se filtran por los huecos de las escaleras.

Cvijetić aborda el edificio como si fuera un archivo material: las paredes registran pasos y palabras, y el ascensor se convierte en un mecanismo que conecta épocas y recuerdos. Esa condición de contenedor transforma la vivienda en símbolo de una experiencia colectiva que no siempre llegó a articularse en una memoria compartida.

Ficción y testimonio: una alianza necesaria

El autor no sitúa su propuesta en los extremos de lo verídico o lo inventado. Explica que la narrativa mezcla ambos planos porque la invención permite nombrar lo que la documentación no alcanza a contar.

La prosa fragmentaria del texto busca replicar la naturaleza incompleta y frágil de la rememoración: los hechos proporcionan fechas y nombres; la ficción aporta la distancia para indagar en las heridas.

  • Memoria: la novela reivindica el rescate del individuo frente a la estadística.
  • Identidad: explora por qué fracasó el proyecto yugoslavo de unidad.
  • Violencia: muestra cómo el conflicto cotidiano puede escalar hasta la guerra.
  • Transmisión: reflexiona sobre cómo el trauma se hereda entre generaciones.

Por qué importa hoy

El libro llega en un momento en el que resurgen debates sobre qué historias se recuerdan y cuáles se omiten. Recuperar nombres y rostros —decir la vida detrás de los números— tiene consecuencias políticas y morales: impide que el sufrimiento quede reducido a minutos de archivo o a estadísticas frías.

Cvijetić insiste en que nombrar es una forma de resistencia: preservar aunque sea una sola historia frente a la tendencia a homogeneizar el dolor es, para él, un acto ético.

La fractura yugoslava

En su lectura, el proyecto de una identidad común en Yugoslavia nació con intenciones inclusivas pero con una vulnerabilidad estructural. La solidaridad cotidiana entre trabajadores existía, pero no logró convertirse en una memoria colectiva capaz de contener las tensiones latentes.

La muerte de Tito marcó un antes y un después: lo que había sido contenido en lo cotidiano emergió con fuerza y se transformó en conflicto. Según Cvijetić, el nacionalismo funcionó como pantalla para disputas por la propiedad y por el control de recursos, y acabó convirtiéndose en la máscara de una guerra civil.

Una historia personal en medio del conflicto

Nacido en Ljubija Rudnik en 1968, Cvijetić creció en un hogar mixto —padre serbio, madre croata— condición que en tiempos de guerra lo colocó en una posición de riesgo. Relata cómo esa pertenencia “mixta” constituyó tanto una dificultad práctica durante los enfrentamientos como una fuente de material literario.

Habla con respeto de sus padres, obreros de la minería, y los describe como ejemplos de dignidad: para ellos el socialismo autogestionado representó una promesa de justicia social y derechos laborales, una experiencia que el autor recuerda sin idealizarla pero con afecto.

¿Nostalgia del socialismo?

Cvijetić evita términos simplistas: no se trata de añoranza acrítica, sino de la memoria de una juventud en la que existía un grado de libertad y acceso cultural que no siempre se asocia con los regímenes comunistas del bloque oriental.

Su mirada distingue el modelo yugoslavo —con sus contradicciones y sus límites— del sistema represivo que sufrieron otros países de la región. Esa diferencia es parte de la complejidad que él intenta plasmar en la novela.

Leer El rascacielos rojo es, por tanto, asomarse a una pieza de historia íntima que interroga cómo las estructuras sociales y los espacios físicos conservan memorias que, si no se cuentan, corren el riesgo de desaparecer. En tiempos en los que resurgen discursos identitarios, el libro propone un gesto sencillo y, a la vez, necesario: rescatar voces para contener la repetición de viejas violencias.

Da tu opinión

Sé el primero en valorar esta entrada
o deja una reseña detallada



En Benalmadena es un medio independiente. Apóyanos añadiéndonos a tus favoritos de Google News:

Publicar un comentario

Publicar un comentario