La Federación de Fútbol de Irán ha planteado una serie de exigencias que podrían complicar la presencia de su selección en el Mundial 2026, previsto en Estados Unidos, México y Canadá. Las condiciones, presentadas por el presidente federativo Mehdi Taj, tocan asuntos migratorios, de seguridad y protocolo que implican a organizadores y gobiernos anfitriones.
Taj comunicó a la FIFA que su delegación solo viajará si se aceptan una decena de requisitos. El dirigente argumenta que se trata de salvaguardar la integridad del equipo y evitar incidentes que, según él, se han producido en desplazamientos recientes.
Entre los puntos más sensibles figura la petición de que se concedan visados a todos los jugadores y al cuerpo técnico, incluidos quienes hayan cumplido servicio en órganos relacionados con la Guardia Revolucionaria. Además, la federación reclama que los viajeros no sean sometidos a interrogatorios migratorios a su llegada —una reclamación que surge tras la propia experiencia de Taj en Canadá, donde fue cuestionado y regresó sin poder asistir a un congreso de la FIFA.
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- Acceso consular y migratorio: visados para toda la delegación y ausencia de interrogatorios a su llegada.
- Protocolo y símbolos: respeto al himno nacional y entrada a estadios únicamente con la bandera oficial iraní.
- Prensa: limitar las preguntas en ruedas de prensa a asuntos estrictamente técnicos sobre fútbol.
- Seguridad: garantías reforzadas en aeropuertos, hoteles y rutas hacia los estadios ante la posibilidad de protestas de la diáspora.
La federación también ha solicitado medidas específicas de seguridad en los lugares donde la selección jugará, citando el riesgo de movilizaciones por parte de disidentes iraníes en Estados Unidos. En ese país reside una comunidad iraní numerosa y, según la federación, potencialmente movilizada contra el régimen.
FIFA mantiene por ahora la clasificación de Irán para el Mundial; no obstante, la entrada de jugadores y personal está condicionada a las normativas migratorias de los países anfitriones. Funcionarios estadounidenses han señalado que, si bien se intentará facilitar la entrada de los futbolistas, podrían denegarse visados a personas cuyas vinculaciones con grupos sancionados estén probadas, lo que abriría una negociación entre gobiernos, la FIFA y la federación iraní.
Las demandas de Irán plantean preguntas prácticas y políticas: ¿quién decide a quién se le niega el paso por motivos de seguridad?, ¿cómo se compatibiliza esa decisión con los plazos de entrega de plantillas y acreditaciones? La respuesta afectará no solo a la selección iraní, sino también al diseño operativo del torneo en las ciudades donde jugará —según calendarios preliminares, algunas sedes estadounidenses como Los Ángeles y Seattle albergarán partidos de la fase de grupos.
Del lado organizador, la exigencia de limitar preguntas en ruedas de prensa o restringir las banderas en los estadios choca con normas habituales sobre libertad de expresión y seguridad en eventos deportivos internacionales. Los anfitriones deberán equilibrar la protección de delegaciones y espectadores con obligaciones legales y derechos fundamentales.
En perspectiva, este episodio subraya cómo los grandes torneos pueden convertirse en escenarios de tensiones diplomáticas. No es solo un asunto de logística deportiva: implica decisiones judiciales, bilaterales y de seguridad que deben resolverse con rapidez si la selección quiere competir sin contratiempos en 2026.
Los próximos pasos a seguir serán las conversaciones formales entre la FIFA, la federación iraní y los gobiernos anfitriones para concretar concesiones o límites. Mientras tanto, la clasificación de Irán y su presencia en el sorteo mantienen la atención sobre un expediente que puede redefinir protocolos de viaje y acceso en futuros campeonatos.












