Gueorgui Gospodínov: presionado por el tiempo, ya no puede permitirse fallar

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Gueorgui Gospodínov volvió a España para presentar la edición en español de Física de la tristeza, una obra publicada en 2012 que reaparece ahora con renovada actualidad tras la concesión del Premio Jean Monnet 2026 a la Literatura Europea. El libro cruza géneros y épocas para explorar por qué la tristeza —y su manejo social— sigue siendo central en la vida pública y privada.

El autor búlgaro despliega en el texto saltos narrativos que van desde el mito del minotauro hasta ensayos breves sobre la infancia, la muerte y el paso del tiempo. En la presentación madrileña, celebrada en la librería Rafael Alberti, Gospodínov dijo sentirse arropado por el público y sorprendido por una sensación de cercanía que le recordó los modos de relación en su país.

Un libro que mantiene vigencia

Preguntado por si sigue sosteniendo cada palabra del volumen, el escritor responde con rotundidad: el trasfondo del texto —la tendencia a convertir lo distinto en monstruo y la fragilidad de la empatía colectiva— no ha desaparecido con los años, y tal vez hoy resulte incluso más visible.

En la obra hay, además, un gesto literario recurrente: dedicar páginas a respuestas habituales como “¿cómo estás?” hasta convertirlas en objeto de reflexión. Gospodínov lo usa como una pequeña ironía que también funciona como diagnóstico social: muchas conversaciones rutinarias ocultan un déficit real de atención al otro.

La tristeza, entre lo personal y lo político

El autor entiende la tristeza como una marca profundamente humana, a la vez íntima y susceptible de manipulación. Hay una diferencia decisiva entre el duelo privado y la pena colectivizada cuando un dirigente o una corriente política la instrumentaliza para construir nostalgias hostiles o justificar exclusiones.

Una multitud anónima en una manifestación que sugiere uso político de la pena
La pena colectiva puede ser instrumentalizada por líderes y movimientos.

En su lectura, ciertos liderazgos contemporáneos parecen incapaces de sentir pena auténtica; la política de la desafección requiere, a menudo, deshumanizar al otro para mantener el control. Esa operación convierte a los ‘minotauros’ modernos —los silenciados, los diferentes— en chivos expiatorios del discurso oficial.

Gospodínov se reconoce propenso a la melancolía y la sitúa en la pérdida del “paraíso” infantil: ese territorio íntimo que se abandona con la edad y que deja, en muchos, una sensación de emigración permanente entre etapas de la vida.

  • Temas centrales: tristeza, memoria, infancia, vejez, tiempo y otredad.
  • Recorrido narrativo: hibridación de géneros y voces que busca invertir perspectivas clásicas.
  • Implicación política: la pena colectiva puede ser arma si la aprovechan líderes o movimientos.

Infancia, infantilismo y redes

Gospodínov distingue entre la energía exploratoria de la infancia y el infantilismo, una regresión que aplaude menos curiosidad y más repliegue. Para él, parte del fenómeno contemporáneo se debe a las ansiedades que crean las redes sociales: espacios superpuestos que obligan a vivir en varios laberintos simultáneamente y dificultan la salida.

Niños jugando en un patio que evoca infancia y empatía temprana
La empatía alcanza su punto más natural entre los siete y los doce años.

Al hacer el paralelismo con el arte y la filosofía, sugiere recuperar el valor de la razón pública para evitar que el miedo y la manipulación produzcan “monstruos” sociales, remitiendo así a la clásica preocupación por la ilustración y sus sombras representadas en la historia del arte.

La empatía, añade, alcanza su punto más natural entre los siete y los doce años; con la edad, esa apertura no desaparece del todo sino que se reconfigura sobre una base cultural: la experiencia permite construir formas de comprender el sufrimiento ajeno incluso cuando la respuesta afectiva se atenúa.

Memoria, muerte y remedios contra el olvido

Gospodínov ha trabajado el tema de la muerte en otras obras —menciona, por ejemplo, su novela El jardinero y la muerte— y plantea que la derrota última es el olvido social. Escribir, plantar rosas, mantener historias familiares son intentos conscientes de extender la memoria más allá de la vida individual.

Su relación con la muerte cambió tras la pérdida de sus padres: la experiencia convirtió el temor en una conversación continua, preservada por recuerdos que vuelven ante imágenes sencillas como una flor. La literatura, según él, funciona también como ese diálogo persistente.

Invertir relatos para ampliar la mirada

Uno de los ejercicios centrales del libro es contar desde la otra orilla: si la tradición presenta al minotauro como monstruo, Gospodínov lo reconstruye como víctima de abandono. Esa inversión aplica a muchas narrativas contemporáneas donde el punto de vista dominante oculta sufrimientos alternativos —el pez en la novela de Hemingway o el toro en la corrida— y, al hacerlo, limita la posibilidad de empatía.

La operación literaria no es sólo una gimnasia estética: es una herramienta ética. Al dar voz a quienes no la tienen, la ficción puede obligarnos a reconsiderar quiénes son los verdaderos perdedores de una historia.

La experiencia personal del autor con la separación infantil —criado por abuelos y visitado por sus padres en fines de semana— aparece como ejemplo íntimo de cómo el abandono, aunque temporal, deja huellas profundas tanto en quien se va como en quien se queda.

Lo que se pierde con los años —resume Gospodínov— no es solo la elasticidad del cuerpo; también se disipan las presencias que anclaban la propia infancia, y el calendario empieza a ofrecer menos oportunidades para equivocarse y recomenzar.

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