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Acaba de llegar al castellano Barcelona no existe (Pez de Plata), la versión traducida de la novela más áspera y provocadora de David Castillo, publicada en catalán hace una década. Su fábula distópica, ambientada en una ciudad fracturada en 2050, vuelve hoy a sonar con fuerza: interpela la decadencia institucional, la crisis de los medios y las tensiones culturales que siguen vigentes.
Una Barcelona fragmentada, contada desde la fatiga
La novela sitúa al lector en una urbe con la economía en ruina y la moral pública en retroceso. En el centro mandan políticos octogenarios y autoritarios; en la periferia reinan las Milicias de la Juventud, que controlan barrios exteriores y hasta los túneles de las cloacas. Entre ambos polos late un conflicto armado y una tensión por la transformación social y sexual.
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El narrador es un periodista sin nombre, cercano a los ochenta, ex poeta y empleado de un diario servil al poder. Su único objetivo cotidiano es sobrevivir: alimentarse, beber, procurarse drogas, alguna compañía. Cuando le encargan un informe —teóricamente neutral— sobre las milicias, el trabajo puede abrir una puerta a la paz; pero el protagonista ya está tan desencantado que lo único seguro es su ambivalencia.
- Contexto temporal: año 2050, colapso económico y ruptura social.
- Actores: gobierno autoritario de la vieja guardia vs. juventudes armadas.
- Protagonista: periodista mayor, ex poeta, cínico pero todavía con destellos de compromiso.
- Temas: decadencia institucional, periodismo domesticado, adicciones, memoria cultural.
- Tono: corrosivo, a ratos melancólico, con ecos de noir y ciencia ficción social.
Autor y trayecto: de la poesía a la crónica cultural
David Castillo lleva décadas en la escena cultural catalana: dirigió el suplemento de libros del diario Avui durante treinta años, presidió la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña y mantiene una obra poética extensa. Su carrera combina la creación literaria con la organización de festivales y la defensa activa de la cultura en catalán en momentos en que su promoción fue un trabajo de militancia más que de negocio.
Castillo no rehúye la crítica a la institucionalización: lamenta que la autonomía cultural haya generado clientelismos y cambios de fidelidades políticas que, en su opinión, debilitan la autenticidad del campo. Esa postura incómoda le ha granjeado enemigos en despachos públicos, pero también le ha consolidado como figura insoportable para quienes prefieren la complacencia.
Influencias y memoria histórica
El escritor evoca referentes diversos: recuerda las evocaciones de la Barcelona decimonónica y la mirada crítica de autores que reescriben la ciudad desde tradiciones paralelas, al tiempo que reconoce la huella de la ciencia ficción de Gibson y el cine noir distópico. La idea del relato nació, según cuenta, de ejercicios de dictado y transcripción que luego se ensamblaron en la novela.
Su recorrido intelectual remite a los primeros fanzines y ediciones de los años setenta —vínculos con revistas como Ajoblanco o El Viejo Topo— y a una época en la que la lectura popular era también espacio de debate político y social. Hoy, afirma, la experiencia lectora ha cambiado: el consumo de noticias se ha microficado en pantallas móviles y los textos largos pierden lectores.
Periodismo, política y viejas convicciones
En la conversación emerge la visión crítica sobre el oficio: el periodismo, dice, sufre el condicionamiento de editores y mercados, y a menudo se convierte en espejo de lo que los lectores ya quieren creer. Aun así, su vínculo con la profesión es profundo: no se siente decepcionado del todo; más bien reivindica la disciplina como forma de vida, sustentada en la curiosidad y la organización.
Políticamente, su trayectoria incluye militancia sindical y participación en movimientos libertarios que llegaron a enfrentarlo con el franquismo y a insertarlo en episodios de cárcel y protesta. Reconoce la imposibilidad de una revolución total como proyecto realista hoy y apuesta por mejoras tangibles —mayor salario, acceso a la educación— antes que por grandes epopeyas.
Drogas, censura y literatura como refugio
Las sustancias aparecen en la novela como refugio del protagonista; Castillo reconoce afinidad con esa dimensión del personaje, aunque matiza que no se define a sí mismo como un adicto. Su conocimiento del tema no es gratuito: años atrás colaboró en un informe sobre consumo de heroína para la Generalitat cuando la crisis de finales de los setenta exigía respuestas.
También plantea una crítica a lo que percibe como un nuevo puritanismo: la censura y la vigilancia moral, incluso desde sectores de izquierda, alimentan reacciones corrosivas y polarizan el debate público.
Proyectos y legado
Lejos de la renuncia, Castillo continúa escribiendo: prepara una antología en castellano con selección de poemas —la titulará Bandera blanca— y trabaja en una novela extensa que ya alcanza las mil páginas. Su carrera suma reconocimientos, incluido el Premio Sant Jordi, y una vida cultural intensa, desde la que reivindica la lectura como experiencia vital.
Para el lector contemporáneo, la publicación ahora en castellano de Barcelona no existe no es solo la llegada de una obra antes inaccesible: es una invitación a repensar cómo las tensiones culturales, la decadencia mediática y la política intergeneracional siguen modelando nuestras ciudades. La novela funciona como espejo incómodo y, al mismo tiempo, como recordatorio de por qué la literatura sigue siendo un espacio para imaginar futuros posibles —y para criticar presentes que se repiten.












