Martín Kohan advierte por qué el amor se apaga en las parejas

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En la sede de Anagrama en Barcelona, Martín Kohan presenta su nueva novela, La separación, una obra que vuelve sobre el amor y su ruptura con una atención minuciosa a lo perceptivo. La novela llega ahora, en tiempos de algoritmos que prometen emparejar preferencias y deseos, y plantea por qué el afecto sigue escapando a cualquier programación.

Nos encontramos en el patio interior del piso del Eixample, lejos del bullicio urbano: una charla que alterna anécotas de oficio y reflexiones sobre la escritura. Kohan, profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y autor de más de una decena de novelas, sigue apostando por un estilo preciso y de lectura exigente.

Detenerse en lo mínimo para obtener sentido

La novela arranca con una escena de despedida en una terminal de autobuses y se construye sobre instantes que, a primera vista, parecen nimios: el gesto tras una ventanilla, la confusión entre dos vehículos junto al andén. Para Kohan, lo decisivo no es tanto la psicología del personaje como la operación de la percepción: al prolongar una sensación, el lenguaje revela significados que de otro modo permanecerían ocultos.

Andén de autobuses vacío con una maleta y un banco que sugiere una despedida
La novela parte de una escena de despedida en una terminal de autobuses.

En su explicación aparece la idea de un mecanismo narrativo —un uso deliberado del lenguaje— que “hace durar” aquello que naturalmente pasa rápido. Ese estiramiento perceptivo convierte lo efímero en material con carga simbólica.

Tiempo y punto de vista como dispositivo

La estructura de la novela está pensada como un experimento formal: tres partes que alternan tiempo y persona narrativa —primera en pasado, segunda en segunda persona y futuro, tercera en tercera persona y presente— con la intención de agotar, o al menos multiplicar, las formas de decir lo mismo.

Kohan confiesa que buscó que el artificio funcione sin sobresaltar, que la maquinaria narrativa no se sienta como una puesta en escena evidente. El propósito es que la multiplicación de voces y tiempos reproduzca la imposibilidad de hallar una respuesta definitiva a la pregunta central: ¿por qué se acaba el amor?

  • Parte 1: primera persona, pasado —explora la experiencia íntima del abandono.
  • Parte 2: segunda persona, futuro —dirige la historia hacia quien escucha o recuerda.
  • Parte 3: tercera persona, presente —observa desde fuera y reconstruye los hechos.
  • Resultado: la suma de perspectivas multiplica la incertidumbre en torno al desamor.

Lo que persigue el texto no es tanto aportar una explicación causal como mostrar que todas las explicaciones posibles siguen dejando un núcleo insoluble: tanto el que es dejado como el que deja operan con limitaciones cognitivas y afectivas.

El amor frente a la era del algoritmo

En la conversación afloran observaciones sobre cómo la tecnología ha cambiado las expectativas amorosas. Kohan menciona que hoy es habitual “programar” preferencias en aplicaciones, pero el eje afectivo —el acontecimiento del enamoramiento— escapa a cualquier lista de requisitos. Ahí radica la tensión contemporánea: se busca una lógica en algo que por naturaleza es contingente y resistente a la previsión.

Teléfono con aplicación de citas abierta y una mano fuera de foco
La tensión entre algoritmos y el acontecimiento del enamoramiento.

Para quien experimenta la ruina del afecto, la urgencia por entender el porqué se vuelve casi obsesiva; pero, según el autor, esa explicación siempre resulta provisional.

De lector a escritor

Kohan recuerda que su condición de escritor nació esencialmente de ser lector. La infancia no estuvo saturada de bibliotecas domésticas; sin embargo, libros como La vuelta al mundo en ochenta días dejaron huellas decisivas: el hallazgo de que la literatura utiliza recursos —«artificios»— capaces de conmover y sorprender.

El placer de escribir, dice, surgió pronto y con fuerza: la materia de composición en la escuela le descubrió la felicidad de construir textos y, desde entonces, la escritura se ha convertido en una compulsión creadora más que en una reivindicación de originalidad absoluta.

Sobre canon, calidad y disputa

Como docente, Kohan sostiene que no se puede obviar la tarea de elegir lecturas para una universidad: hay criterios de relevancia que importan. Rechaza tanto una autoritaria definición fija de “bueno” o “malo” como un relativismo que anula la discusión. Para ilustrarlo evoca la figura de Roberto Arlt, cuya escritura fue tildada de “mala” en su tiempo y terminó por cambiar los parámetros críticos.

Siguiendo esa línea, postula que el juicio sobre la literatura debe entenderse como una disputa de criterios, no como la constatación de un valor absoluto. El arte, en ese sentido, funciona como convención y como campo de pelea por qué entendemos por valioso.

Cómo se sostiene un escritor

Cuando le pregunto si la literatura puede parecer ya escrita en su totalidad, admite que esa impresión existe y que autores como Borges intensifican esa sensación. Aun así, su receta para vencer el desaliento no es la búsqueda de originalidad absoluta sino el deseo de ejecutar una idea concreta: escribir porque la propuesta le provoca verdadero placer.

En su visión, el impulso creativo nace de una idea nítida y de las ganas de llevarla a cabo; la novedad radical es secundaria frente al goce de la elaboración.

La conversación termina con una imagen de trabajo cotidiano: un autor que explora las fisuras del afecto y la percepción con herramientas formales y estéticas afinadas, y que hoy publica una novela que invita al lector a detenerse en lo aparentemente mínimo para recuperar el espesor de lo sentimental.

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