Remover franja vegetal en cauces aumenta riesgo de inundaciones: estudio explica por qué

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Tras la DANA de 2024 en Valencia, la discusión sobre cómo reducir el riesgo de riadas se ha intensificado, pero no todas las recetas son válidas. Expertos alertan que desbrozar y canalizar cauces —prácticas defendidas por algunos en redes— pueden agravar la potencia de las avenidas en lugar de mitigarlas.

El problema esencial no es la presencia del agua, sino la velocidad y la energía que gana cuando encuentra un cauce despejado. La vegetación ribereña actúa como freno natural: sus troncos y raíces crean fricción, retienen sedimentos y disipan la fuerza de las corrientes durante las crecidas.

Por qué eliminar la vegetación es contraproducente

Según investigadores que estudian ríos mediterráneos, la supresión de arbustos y árboles en las orillas favorece que el agua circule con menos interferencias. Al bajar desde las cabeceras hacia la llanura sin la fricción vegetal, la corriente acelera y su capacidad erosiva y destructiva crece.

Cuando esa masa de agua encuentra giros o salidas hacia zonas urbanas, la violencia del flujo puede provocar daños mucho mayores que si el cauce conservara su bosque de ribera.

Lecciones prácticas y ejemplos recientes

La experiencia en la Comunidad Valenciana muestra que obras históricas de canalización han protegido tramos urbanos, pero a costa de trasladar el problema aguas abajo. En algunos casos, las infraestructuras rígidas concentraron volúmenes que acabaron afectando con más dureza a comarcas próximas.

Otros territorios han optado por soluciones distintas: la retirada de canalizaciones y la restauración de cauces naturales han reducido el riesgo en tramos concretos, como se ha documentado en proyectos recientes en el norte de España.

  • Evitar construcciones en los cauces: dejar margen para que el río aumente o disminuya su sección sin amenazar viviendas ni infraestructuras.
  • Recuperar el bosque de ribera: fomentar especies autóctonas que aporten sombra, raíces estables y capacidad de retención de sedimentos.
  • Desincentivar la canalización rígida: priorizar soluciones flexibles y basadas en la naturaleza frente a muros y conductos cerrados.
  • Control de invasoras: combatir especies como Arundo donax, que colonizan y acumulan biomasa sin regular el caudal.
  • Mantenimiento inteligente: intervenciones puntuales que no consistan en pelar las riberas, sino en restaurar su funcionalidad ecológica.
  • Sistemas de alerta y planificación territorial: integrar predicciones meteorológicas, mapas de riesgo y normativa que impida la ocupación de llanuras de inundación.

La confusión sobre la caña es un buen ejemplo de desinformación: la caña común (Arundo donax) no es una planta protegida, sino una especie exótica con gran capacidad de expansión, que en ausencia de bosques ribereños compite y se extiende sin control.

En resumen, la prevención eficaz exige mantener y restaurar la naturaleza en los márgenes fluviales y replantear soluciones de ingeniería que simplifican demasiado el comportamiento del agua. No hay riesgo cero, pero las intervenciones que devuelven espacio y vegetación a los ríos reducen la velocidad de las avenidas y, por tanto, el daño potencial.

Con el clima proyectado hacia episodios más extremos, la urgencia es doble: actuar ahora para rehabilitar los cauces y adaptar la planificación urbana para que las próximas riadas encuentren menos obstáculos y más frenos naturales.

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