Cristina Fernández Cubas, voz clave de la literatura que explora lo extraño en lo cotidiano, acaba de recibir un reconocimiento mayor que la devuelve al primer plano editorial. Esta noticia importa ahora: reposiciona la cuentística española y subraya la vigencia de una mirada que encuentra lo inquietante en los intersticios de la vida diaria.
Su apartamento en el Ensanche barcelonés confirma lo que dicen sus relatos: la sorpresa se esconde en lo familiar. El ascensor deja en la última planta y, sin aviso, una escalera estrecha conduce hasta un rellano que casi parece suspendido; al tocar el timbre consigue que la visita se sumerja en la misma atmósfera de sus textos. Fernández Cubas recibe con una sonrisa discreta y un té de manzana —sencillo y contundente— y habla con la cortesía de quien prefiere la claridad a la estridencia.

Para ella, la fuente del miedo literario no habita en lo fantástico evidente sino en lo que se parece demasiado a nosotros. Le interesa la fisura de la rutina, ese instante en que una escena cotidiana adquiere «otras» dimensiones y deja entrever fuerzas que no se ven. No sitúa sus relatos en fortalezas exóticas ni en decorados góticos: su terreno son las calles, las casas y las habitaciones donde algo —una sombra, un recuerdo, un sueño— trastoca la apariencia de normalidad.
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La escritora niega la idea romántica del creador que sufre ante la hoja en blanco. Confiesa no padecer bloqueo por la página vacía; su verdadero temor es otro: perder, a mitad de camino, el hilo que la entusiasma. Prefiere no escribir por obligación y cuida el ritmo personal. Hoy escribe de mañana —antes era noctámbula— y su práctica sigue siendo íntima: detesta que la miren mientras trabaja y conserva celosamente sus textos hasta que están terminados.
El sueño ocupa un lugar decisivo en su proceso creativo. Muchos relatos han nacido de imágenes oníricas: el título de El ángulo del horror le llegó en un sueño; La mujer de verde también tuvo su origen en una visión nocturna. Aun así, admite que en los últimos años duerme mal y que, con la ayuda de somníferos, los sueños han dejado de visitarla con la misma intensidad.

De la etiqueta de autora del fantástico dice no preocuparse: la clasificación le parece una convención útil pero limitada. Para ella, ese calificativo señala un modo de contar que privilegia lo oculto y lo incierto —lo que no se deja ver— más que un recinto genérico cerrado.
Guarda recuerdos infantiles que explican esa fascinación por la sombra: los hogares a la luz de quinqués, los reflejos que se comportan como puertas, el regusto a miedo acompañante en las historias contadas antes de dormir. Esas primeras impresiones reaparecen en cuentos donde las sombras no siempre son hostiles; a menudo funcionan como contrapunto a la identidad, revelando lo que la apariencia oculta.
- Último libro: Lo que no se ve, colección de relatos reciente.
- Temas recurrentes: sombras, sueño, memoria y fisuras en la cotidianidad.
- Método: escribe por la mañana, mucho trabajo en la intimidad, numerosas libretas donde anota ideas que a menudo se pierden.
- Relatos nacidos del sueño: El ángulo del horror, La mujer de verde, Il Buco.
En la conversación afloran también la movilidad y las pérdidas: años fuera de España y la muerte de su marido, Carlos Trías, marcaron su vida y su escritura. Reconoce estancias largas en América Latina y un vínculo especial con Perú, país del que guarda un afecto que no tradujo con la misma extensión en sus recuerdos escritos.
Sobre el tiempo, la autora asume la edad sin dramatismos. Ha cumplido 80 años y lo plantea con naturalidad. Pero hace notar un cambio: los días se acortan y la sensación de que el tiempo disponible disminuye ha encontrado lugar en su último conjunto de relatos. En el cuento Candela Viva traslada esa inquietud a una mujer que, gracias a una compradora de cerería enigmática, va ordenando su existencia y preparando un equipaje simbólico para el final.
Fernández Cubas confiesa que escribir también le ha servido para ordenar y reparar: algunos cuentos actúan como pequeñas curas. La idea de llegar al final con las maletas hechas —con las vivencias reunidas y reconciliadas— aparece como un deseo íntimo, menos teatral que práctico.
La noticia de su reciente galardón no solo devuelve brillo a una trayectoria menos expuesta por su discreción y sus estancias en el extranjero, sino que vuelve a poner en primer plano la potencia de la narración breve en lengua española. Su obra recuerda que lo extraordinario puede surgir de la esquina más doméstica y que, a veces, mirar la sombra antes que al rostro ofrece la mejor manera de conocer a una persona.











