Ríos podrían recibir derechos legales: propuesta del escritor Robert MacFarlane

Mostrar resumen Ocultar resumen

En su nuevo libro, Robert Macfarlane plantea una pregunta directa que ya marca la urgencia del tema: ¿Están vivos los ríos? La obra combina observación de campo, relatos personales y documentación para mostrar cómo sequías, vertidos y la explotación humana están transformando cursos de agua que sostienen comunidades y ecosistemas enteros.

Macfarlane, conocido por sus viajes y por libros que exploran lo subterráneo y lo salvaje, vuelve a mezclar memoria y periodismo de naturaleza. Sus textos no son tratados académicos ni guías de viaje: son crónicas íntimas en las que los datos conviven con una sensibilidad marcada hacia el entorno.

Señales visibles de un problema creciente

El autor recorre fuentes, ríos urbanos y bosques nublados para trazar un mapa de daños y resiliencias. Describe un manantial cercano a su casa en White Hill que sufre por la sequía; aves del Támesis con manchas de suciedad por aguas residuales; y episodios históricos como los incendios provocados por residuos petrolíferos en el río Don durante la década de 1940.

Macfarlane recuerda cómo en muchas ciudades las corrientes han sido enterradas o canalizadas: en Londres subsisten decenas de ríos “fantasma” bajo la red de alcantarillado. En el Elba reaparecen las llamadas “piedras de la sequía” con fechas antiguas que marcan sequías pasadas y una inscripción que advierte: Wenn du mich siehst, dann weine —si me ves, llora—, un recordatorio material de lo que está en juego.

  • Contaminación visible: aves, vegetación y comunidades que muestran el impacto directo de vertidos y aguas sin tratamiento.
  • Sobreestrés hídrico: manantiales y arroyos que menguan por sequías y por extracción indiscriminada.
  • Ríos enterrados: corrientes urbanas canalizadas o cubiertas por infraestructuras, cuya existencia se reconoce solo en mapas antiguos y en nombres de calles.
  • Marcadores históricos: piedras y señales que registran sequías pasadas y ahora reaparecen como advertencias

Un debate jurídico que gana terreno

Una de las aportaciones del libro es poner en escena el emergente Movimiento por los Derechos de la Naturaleza. Macfarlane sigue casos en los que activistas y juristas intentan dotar a ríos, bosques y montañas de protección legal —no solo como recursos, sino como sujetos de derechos.

Hay ejemplos concretos: la incorporación de principios que protegen a la naturaleza en la constitución de Ecuador a comienzos del siglo XXI, y las victorias de comunidades indígenas en países como Nueva Zelanda para reconocer derechos sobre entornos sagrados. Es una discusión que obliga a repensar conceptos jurídicos ya naturalizados, como la personificación legal de empresas, y a plantear si esa figura puede extenderse a elementos naturales.

Rutas, riesgos y encuentros

El libro también es un cuaderno de viajes. Macfarlane visita los bosques de Los Cedros, en Ecuador, donde la minería amenaza cursos de agua y la diversidad; explora ríos soterrados en ciudades como Madrás; y sigue la pelea por la supervivencia del río Magpie en Canadá. Estas piezas locales revelan problemas globales: contaminación, pérdida de hábitat y tensiones entre desarrollo y conservación.

En Los Cedros, la bióloga Giuliana Furci ofrece una imagen poderosa sobre la transformación de la muerte en vida: al observar un tronco en descomposición lo describe no como destrucción, sino como el inicio de una “ciudad” de hongos y organismos que devuelven nutrientes al bosque. Macfarlane recoge esa escena y la conecta con momentos de asombro, como la bioluminiscencia de los micelios que hacen brillar tocón y suelo cuando cae la noche.

Lo que importa ahora

El libro no se limita a denunciar; propone otro modo de mirar y legislar. Al plantear si los ríos pueden ser tratados como sujetos con derechos, abre una conversación sobre seguridad hídrica, justicia ambiental y corresponsabilidad ciudadana. Para el lector urbano, las implicaciones son inmediatas: calidad del agua, riesgo de sequías y pérdida de espacios verdes que regulan el clima local.

En palabras que vuelven varias veces en la narración, Macfarlane sugiere que su texto fue escrito con los ríos: no sobre ellos, sino en diálogo con sus historias y con las comunidades que dependen de ellos. Eso convierte al libro en una mezcla de crónica, ensayo y llamado sereno a repensar la relación entre la humanidad y las corrientes que la sustentan.

Leerlo hoy obliga a preguntarse qué medidas urgentes deben adoptarse —desde mejoras en saneamiento hasta cambios legales y prácticas de gestión— si se quiere evitar que esas piedras de sequía sigan reapareciendo como advertencia para las próximas generaciones.

Da tu opinión

Sé el primero en valorar esta entrada
o deja una reseña detallada



En Benalmadena es un medio independiente. Apóyanos añadiéndonos a tus favoritos de Google News:

Publicar un comentario

Publicar un comentario